Veinte meses de “Ley de cookies”

Aproximadamente 17.500.000 resultados encuentro en Google buscando algo que ni siquiera existe: La nombrada y renombrada Ley de cookies española. Y es que la famosa Ley, como muchos de vosotros sabréis, no es más que el apartado segunda del artículo 22 de la Ley de Servicios de Sociedad de la Información (en adelante, LSSI), cuya redacción actual responde a la transposición de una serie de Directivas europeas y que pretendía establecer un régimen más garantista para los usuarios de la red. Digo pretendía porque, como veremos, me temo que hasta el momento no lo ha conseguido.

Aunque el revuelo actual en esta materia surge a raíz de la famosísima Guía sobre el uso de cookies de la Agencia de Protección de Datos, lo cierto es que la nueva redacción del artículo 22.2 LSSI fue polémica desde el principio. Esto se debe, en mi opinión, a la oscura redacción y parca determinación de las obligaciones de los prestadores, máxime si tenemos en cuenta que, en este caso, debería haberse redactado en un lenguaje absolutamente claro y meridiano, puesto que está dirigido a personas que no necesariamente han de estar familiarizadas con la redacción jurídica y que, en muchas ocasiones, ni siquiera cuentan con un asesor legal. Para alcanzar esta conclusión no hay más que ver el aluvión de preguntas al respecto que se han encontrado en foros y blogs, en algunas ocasiones porque no se tenía muy claro cómo cumplir con esta normativa y en otras porque, directamente, muchos ni siquiera sabían si se les aplicaba o no. Sigue leyendo

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¿Para qué sirve la Propiedad intelectual?

A raíz de toda la controversia surgida alrededor de la piratería, las entidades de gestión y, en general, de la Propiedad intelectual en sí misma, he tenido ocasión de hablar de este tema frecuentemente con distintas personas, lo que me ha hecho llegar a dos conclusiones un tanto desalentadoras: en primer lugar, el enorme desconocimiento en esta materia. A menudo las personas confunden conceptos que deberían ser básicos, lo que les lleva a alcanzar conclusiones, a desarrollar opiniones, muchas veces erróneamente fundamentadas (ojo, no digo que las opiniones sean equivocadas. Una opinión nunca lo es. Lo que digo es que se trata de opiniones con una base débil como consecuencia, en gran medida, del desconocimiento). En segundo lugar, y probablemente a consecuencia de lo que he mencionado en primer término, observo la preocupante falta de concienciación respecto a los derechos de autores, artistas y demás titulares protegidos por la Propiedad intelectual.

Demasiado a menudo he oído decir la frase “pero es que yo tengo derecho a ver tal película”. Con un destello de asombro asomando ya a mi cerebro, mi respuesta a tal pregunta ha sido siempre: “¿y las personas que han hecho ese trabajo no tienen derecho a cobrar, como los demás?”. Ante esta pregunta me he encontrado con respuestas diversas, me gustaría decir que de todo tipo, pero mentiría, ya que todavía no he encontrado quien me diga un sí, reconociendo al menos el derecho de todos a ser retribuidos por lo que hacemos. El caso es que esta conversación ha terminado el 90% de las ocasiones (no es una estadística estudiada, se trata simplemente de una cláusula de estilo) conmigo totalmente desanimada y renunciando a exponer mi punto de vista, y mi interlocutor diciendo “pues no estoy de acuerdo contigo”, sin haberme dejado siquiera explicarme. Sigue leyendo